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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Mayo 21 / 2019

Hablando con el chucho

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Santiago Humberto Ruiz Granadino (*)

SAN SALVADOR - En estos últimos días me he puesto muy pensativo, mis amigas y amigos se preguntan porque ando tan callado, meditabundo y taimado. Posiblemente se trata de uno de esos períodos en que uno se mete en sí mismo para reflexionar sobre la vida personal, social y de la naturaleza en general. Desde el punto de vista personal me siento completo, demasiado dichoso para ser cierto, disfruto de mi trabajo, de mi familia, de mis amigos y amigas, de mi participación política y de ser el que soy.

 

Un día de estos salí a la cochera para abrirle el portón al perro, había estado hablándome, dándome la queja que le dan poca comida o simplemente se les olvida que existe, que ya no aguanta su propio olor, que necesita conocer de la presencia de otros perros y perras, reconocer nuevas áreas de la residencial en que vivimos, satisfacer su curiosidad sobre lo que hay en las bolsas de basura, ver como reaccionan las gentes antes sus ladridos rabiosos y disfrutar de salir a los perros de las casas vecinas que se encuentran como atrapados sin salida detrás de esos grandes portones de metal.

 

Realmente mi perro, como los demás, hablan bastante claro, yo los comencé a entender cuando cumplí los cincuenta años, este es el tercer perro de la misma raza y familia que tenemos en casa, los otros dos murieron por una enfermedad propia de su raza (artritis crónica) y parece que este también ya presenta los primeros síntomas, cuando lo saco a que joda en la calle, se le dificulta caminar, deja una pata trasera, como si la tuviera colgada, pero luego supera esa limitación y sale corriendo, ladrando para que los otros perros sientan envidia y entonces comienza lo mejor de la función, el coro de ladridos de perros y perras de varias razas, tamaños, edad, pelaje, color y personalidad. Pues bien, cuando abrí la puerta de calle me dí cuenta que la neblina era muy densa, sentí ese olor característico del vapor de agua queriéndose condensar, volver a ser lo que era y correr libremente tierra abajo, la visibilidad era de unos quince metros, los carros caminaban relativamente despacio como en cámara lenta, primero se veía la parte delantera y luego aparecía el resto del vehículo, luego comenzaban a desaparecer dentro de la neblina; el sol se sentía aguevado, no lograba establecer su presencia, la neblina se lo negaba, los pájaros estaban callados, no hacían el relajo matinal en que se cuentan las experiencias del día, los amores emprendidos y los deteriorados, las nuevas frutas en los pocos árboles existentes en el área, las aves visitantes que pasan por aquí una vez al año, etc.

 

Yo soy una persona con mucho optimismo, no obstante, lo nublado del día, cargué la lavadora con la ropa sucia, contaminada de realidad, de suciedad, de olores raros y experiencias sociales y personales, para darle nueva vida, ser nuevamente ellas mismas, recobrar su color original (deteriorado por el uso), para que los usuarios se sientan bien y el resto de las personas con las cuales se relacionan estén satisfechos. Escuché el lamento de la lavadora, a ella le gusta la ropa femenina, más liviana, más suave, con olores delicados, pero le molestan la ropa masculina, hedionda, dura y grosera, yo trato que ella se sienta bien, no la cargo demasiado, le pongo el líquido suavizador para que acaricie la ropa y sus aspas se deslicen con facilidad por cada parte de la ropa, el momento más feliz de la lavadora es cuando bota el agua y exprime la ropa, ella canta, ríe y llama a la liberación. Me preparé un café, desde hacía unos quince minutos antes había puesto el agua a calentar, ahora la tetera silbaba, me llamaba exclamando ya estoy lista, expeliendo vapor de agua que corría a encontrarse con la neblina para hacer nuevas amistades, busqué mi tasa preferida, es la última de la colección que tenía mi esposa, esta se la regaló una amiga lesbiana, que regresó a España a continuar su lucha feminista, busqué el colador de tela, tipo calcetín, herencia de nuestros años de vivir en Costa Rica, coloqué (esta palabra no le gusta a mi cuñada, le parece tan cómica y siempre que la digo o escribo a ella le da risa) el café en polvo y derramé el agua hirviente sobre el para torturarlo y obligarlo a darme su sabor y aroma.

 

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