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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Abril 20 / 2019

Dimensión político-sociológica de la democracia

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Oscar A. Fernández O. (*)

SAN SALVADOR - En la era de la globalización capitalista, la interdependencia económica, la ampliación del "libre mercado" y los nuevos valores y estándares del "orden" mundial, parece normal concebir al Estado y al gobierno sin ningún peso frente a la acción de los poderosos actores privados, los cuales han adquirido de manera exponencial, un peso desproporcionado en los últimos treinta años. Aquél ser humano que se definiera como el "animal político" es hoy el "animal económico", al mismo tiempo que toda cuestión política es vista como técnica. El aplastante peso del mercado global aparentemente marca el fin de las ideologías, donde un liberalismo "remozado" y su concepto de sociedad civil, trajeron el "fin de la historia" o como dicen algunos teóricos y políticos esotéricos e indescifrables: el más allá de izquierdas y derechas. Toda una ironía política, sin duda.

¿Qué es y dónde está el Estado? ¿Cuándo y cómo "vemos" al Estado? Estas son algunas de las interesantes preguntas planteadas por O'Donnell (2006) en su artículo titulado "Hacia un Estado de y para la democracia". Sin embargo, el principal interrogante que surge del texto, con gran fuerza analítica y urgencia política, se refiere a cómo construir el Estado que se requiere para el ejercicio efectivo de los derechos y deberes inherentes a las diferentes dimensiones civil, político, social y cultural de la ciudadanía democrática.

Es común que las personas entiendan la democracia desde una perspectiva ficticia, no real. Esto es generalmente así, por que los poderes de facto y sus gigantescas maquinarias de propaganda se encargan de martillar sobre nuestras cabezas, todos los días, que democracia es lo que ellos dicen que es. Por lo tanto, los pueblos viven aferrados a mitos, creyendo en situaciones fantaseadas. La mayoría de las sociedades contemporáneas hacen gala de gobernarse por los ideales y principios de la democracia. Pero muy distinta es la realidad, pues no es fácil comprender esta forma de vida social y mucho menos practicarla.

Hay quienes confunden la democracia con uno de sus instrumentos o mecanismos: el voto, por el cual se elige a los "representantes de la nación" en determinados cargos u organismos, quienes supuestamente cumplirán con los propósitos ciudadanos. Pero cada vez con mayor certeza, se comprende lo frágil de esta democracia "representativa" y los caminos torcidos que la convierten en instrumento de manipulación y de imposición de la voluntad de grupos o individuos, supeditados a los intereses de los poderes económicos, sobre el resto de ciudadanos.

El que un pueblo acuda a las urnas a elegir a sus gobernantes mediante el voto y que existan varios partidos y movimientos políticos, o se inscriba para la contienda a candidatos independientes, no significa que el país sea en realidad un Estado de Derecho o una democracia. La verdadera democracia, es decir en la que el pueblo esculpe su presente y decide su futuro, controlando y verificando la eficacia de sus instituciones públicas, se construye y desarrolla con una serie de parámetros y resultados, que generalmente se ocultan ante el pueblo. El que el pueblo elija bajo un sistema electoral censitario y sus autoridades sean votadas por mayoría, no implica necesariamente un régimen democrático ni una participación plena en las grandes decisiones de un Estado seriamente debilitado por el modelo económico impuesto.

Varios sistemas llamados democráticos, es decir con elecciones aparentemente libres, tienen una estructura frágil, El Salvador es uno de ellos, dónde las bases fundamentales carecen de una sólida ordenación que garantice el engranaje necesario para que el ciudadano se sienta debidamente representado y con los niveles mínimos garantizados para un nivel de vida digna. En este caso, cuando las instituciones públicas han sido reducidas casi a la mínima expresión por una dictadura de facto sustentada en el poder económico ultraconservador, la situación de la democracia es aún más cuestionable.

En una auténtica democracia, un ciudadano que no cuente con los recursos necesarios para suplir sus necesidades básicas de manera privada, puede recurrir al Estado, el cual está obligado a ayudarle.

El hecho de que la elección de las autoridades públicas, en los actuales términos no está generando un vínculo entre el elector y el elegido, sea este por planillas de partidos o por individuos de una circunscripción electoral, se debe a que después del voto dicha vinculación generalmente afectiva más que política, se desvanece y pocas, muy pocas veces se vuelve a tener un contacto efectivo y eficiente, lo cual provoca que se siga generando una percepción de distancia del ciudadano con el hecho político.

Por ejemplo, en la democracia capitalista, que en realidad es un gobierno de oligarquías, usualmente el legislador tradicional es el funcionario que está allá, lejano, inaccesible y que responde a sus propias lógicas, pues una vez electo no tiene ninguna obligación de responder al ciudadano. En este ámbito, los recursos públicos, por ejemplo, son un patrimonio del cual disponen los funcionarios públicos, que generalmente no se asumen como una exigencia de la riqueza producida por el trabajo de cada uno.

En donde ese tipo de distancias entre lo político y lo institucional y la realidad y la dinámica de los ciudadanos afecta, de manera cada vez más seria, la consistencia misma de la operación democrática del poder público, hace que se justifique la necesidad de encontrar mecanismos en los cuales se logre vincular al elector con el producto de su elección, es decir, con el electo.

Algunos pensadores caracterizaron al mundo occidental moderno de manera mistificadora como el reino de la libertad y la democracia. Incluso llegaron a afirmar que en eso se distinguía la época moderna del antiguo régimen. Políticos que gobiernan las más importantes sociedades occidentales en el presente siglo, todavía promueven opresiones, tiranías y guerras en nombre de tales valores. Sus propagandistas afirman que en estas últimas décadas se asiste al triunfo definitivo de la Democracia y del libre mercado que la sustenta, llegando así, al Fin de la Historia, de la Ideologías y de las Utopías.

Lo cierto es que el mundo occidentalizado tiene la peculiaridad de ser atravesado por dos tendencias opuestas, que se combaten: la del capitalismo y la de la democracia participativa. De la lógica de la oligarquía capitalista viene la racionalidad dominadora (de lo económico enajenado), la explotación (del hombre y de la naturaleza) así como la re-funcionalización de viejas opresiones, con su secuela de desigualdades e injusticias; tal es su tendencia a la sociedad de desiguales (Lünd, Gustavo 2008)

De la tendencia de la democracia participativa y autonómica, emancipadora y libertaria, viene el pensamiento crítico ilustrado y los diversos movimientos populares que han derribado monarquías, independizado países, conquistado derechos y libertades individuales y colectivas, sociales y políticas; esa es su lógica civilizadora.

La democracia debe lograr un equilibrio entre el ejercicio del poder desde abajo y el ejercicio del poder desde arriba, necesario para su eficacia. Ese equilibrio según Sartori, depende de la pluralidad de las elites (líderes y grupos de ideas) y la autonomía verdadera de la opinión pública. (Sartori, 2005)

La concentración del poder económico, la profundización de la pobreza, la desintegración social y el fracaso en la educación son las causas estructurales del quiebre entre la sociedad civil y el sistema político, permitiendo a su vez, la instalación de regímenes arbitrarios y parciales como en los últimos veinte años, sostenidos por el liderazgo de una derecha cada vez más recalcitrante y cercana al fascismo.

Tenemos que decir, que las elecciones dentro de condiciones políticas legalmente limitadas, no sólo constituyen un mecanismo que simula la voluntad política de las mayorías, sino que además, configura la práctica de la demagogia y del voluntarismo de los poderes oligárquicos de facto, para hacer pasar su sistema como una gran estructura participativa que de modo "efectivo" y "real" entrega el mando político soberano a los "ciudadanos". En la democracia burguesa la participación y el control político "ciudadano", no son otra cosa que un eufemismo, que busca ocultar el verdadero carácter y la naturaleza anti popular del Estado manejado por una pandilla de poderosos capitalistas con el rostro oculto.

En este contexto, el nuevo auge de la izquierda mayoritaria en el país es la consecuencia lógica de entender plenamente que la efectividad y la profundización de las democracias, pasa por recolocar la representación y la participación social como origen y sustentación de lo político. Sólo así se puede marcar la diferencia con las corrientes reaccionarias elitistas y burocráticas, cuyo argumento de batalla para consolidar el Poder económico como el Poder absoluto, se basa en liquidar al Estado y deslegitimar la representación popular.

El Estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la justicia y en su administración participan todos los ciudadanos directamente y por medio de sus representantes. Para nosotros la esencia del problema democrático es tratar de resolver, en la práctica, ese problema teórico, esa aspiración ideal (Alarcón 2008) Se impone por lo tanto, el análisis científico histórico del problema del sistema político y su rediseño, obviando los discursos panfletarios y las salidas fáciles y exclusivamente reformistas, que terminan reforzando un sistema de exclusión y falsa representación.

(*) Columnista de ContraPunto

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