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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Marzo 27 / 2017

Una tragedia olvidada

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Eliseo Alberto (*)

MEXICO DF - La Fundación Internacional de Mujeres en Medios de Comunicación otorgó el martes pasado el premio Valentía en el Periodismo 2010 a cuatro corajudas periodistas de Colombia (Claudia Julieta Duque, reportera bogotana), México (la admirada Alma Guillermoprieto), Tíbet (Tsering Woeser, escritora y poetisa) y Tanzania (Vicky Ntetema, quien investigó encubierta la matanza de albinos en Tanzania). A ellas dedico esta columna. Gracias por ser como son.

Omari Ndayiragije vendió a su hermano menor, Daniel Ndayiragije, por 250 dólares. No lo pensó mucho. Con ese dinero podría comprarse una motocicleta italiana. Daniel confiaba en Omari (su ídolo indiscutible, goleador del torneo local de futbol), por eso se dejó llevar hasta el sitio de la emboscada, a las afueras del pueblo, donde lo esperaban los cazadores. La transacción se hizo en efectivo, billete sobre billete. Omari no se atrevió a despedirse. Los cazadores, luego del asesinato, venden sus muertos a intermediarios, políticos y hombres de negocios que dominan el mercado humano de Tanzania, Burundi o Kenia. Los cazadores se lavan las manos y reciben dos vacas por el trabajo.

Los intermediarios saben que, correctamente desmembrado, Daniel Ndayiragije puede llegar a valer una fortuna: mil dólares por dedo, 2 mil dólares por su blanco cabello (bueno para preparar mágicas tisanas), 3 mil por cada extremidad y otros 3 mil por la lengua, 4 mil los genitales y 5 mil por los ojos (deshidratados en cosméticos milagrosos). La piel rosácea, descarnada en tiras, tiene mucha demanda entre brujos y curanderos porque sirve para sanar heridas profundas. El litro de sangre vale diez veces más que el pomo de whisky más caro que pueda comprarse en una licorería de Londres —y las venas de Daniel pueden drenar unos tres litros, si los cazadores no lo dejan secar en el matadero. Daniel Ndayiragije iba a cumplir 11 años de edad. Pero era albino.

Y nacer albino en Burundi o Tanzania o Kenia es llegar al rastro de este mundo marcado como res, enjuiciado, condenado, sentenciado y por último despedazado sin piedad por el único delito de padecer una mutación genética en la que hay una ausencia congénita de pigmentación (melanina).

El presidente de Tanzania, Jakaya Kikwete, ha pedido a Al Shaymaa Kwegyr, parlamentaria albina de 48 años, que comande la lucha contra tan terrible y singular discriminación. “Cuando yo iba a la escuela los niños me perseguían llamándome fantasma”, ha confesado la hoy primera ministra.

Paul Ash, su principal colaborador y portavoz de la ONG Under The Same Sun, explica así la actual situación: “Las personas albinas son asesinadas porque existe la creencia de que beber su sangre favorece la salud y te hace más poderoso. Los compradores deben ser ciudadanos muy poderosos, porque el precio que alcanzan los órganos no lo podría pagar ningún ciudadano medio de Tanzania. La esperanza de vida de los 170 mil albinos de Tanzania es de tan sólo de 30 años. Algunos padres sacrifican a sus críos cuando nacen albinos porque creen que es un motivo de vergüenza o que los vecinos pensarán que la mujer se acostó con un hombre blanco. Conocimos el caso de Miriam, una niña de cinco años. Dormía en su cama cuando, a la noche, un cazador entró en su cuarto y le amputó brazos y piernas… ¡mientras aún seguía con vida!”.

A Miriam Emmanuel la mataron el 21 de enero de 2008 y hace apenas cuatro meses sentenciaron a la horca a Kazimili Mashauri. El juez le creyó a un testigo que había visto cuando Mashauri acuchilló a la niña “para beber la sangre que brotaba de sus heridas”.

Sara Kemunto Nyabuto, de 23 años, fue condenada a cuatro años de cárcel por ahogar a su hija de cinco meses de nacida. Los vecinos de Bokimweri, en el distrito keniano de Nyamache, encontraron el cadáver de una niña flotando en el río. La bebita se nombraba Esther Moraa. Era albina. Nyabuto admitió el crimen y dijo a la policía que la mató porque el padre no la aceptaba “por ser tan blanca, lo que significa un mal presagio y una desgracia para la familia”. El hombre se dio a la fuga.

El oficial Said Mwena, jefe de la Policía de Tanzania, asegura que el asesinato de albinos es un crimen asociado a la minería, una actividad clave en un país pobre donde hay importantes yacimientos de diamantes, esmeraldas, rubíes, zafiros y oro. “Las minas son el mercado habitual para este contrabando, y las autoridades creen que los mineros son los principales compradores, y todo porque, según ciertas supersticiones, los albinos dan buena suerte, ya sea para librarse de morir en los yacimientos o para encontrar las mejores vetas”.

En una nota a pie de página leo que Omari Ndayiragije nunca manejó aquella motocicleta italiana. Con los saldos de su traición compró una soga y se ahorcó en un árbol de arrabal. No lo creo.
 
(*) Escritor y colaborador de ContraPunto

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